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La verdadera revolución
Por Ana Julia Jatar el Nov 8, 2008 | En Política, Economía, Opinión, Internacional, Noticias | Etiquetas: antiamericanismo, barack obama, estados unidos, opinión, política, presidente, revolución
Obama no es un ángel, ni el redentor de Estados Unidos que algunos aseguran.
Tampoco es la encarnación del resentimiento social y racial que, disfrazado de demócrata, llevará hasta el “Imperio” una revolución a-la-Chávez. Es importante que esto se entienda para que nadie se levante con un tremendo ratón después de pasada la fiesta.
Es cierto que Obama ha generado expectativas que podrían convertirse en su propio talón de Aquiles. Y es que si bien gran parte del mundo está dispuesto a darle tiempo, la crisis financiera en casa, la recesión mundial, Al Qaeda y Rusia son amenazas que no esperan. Tiene que hacer cambios importantes en un avión que vuela en plena tormenta. Por ello, en un tono más realista, me voy a concentrar en las aéreas donde se pueden esperar cambios en su presidencia.
Por primera vez desde la esclavitud hasta nuestros días, los norteamericanos tienen una oportunidad real de afrontar el tema racial sin los complejos de inferioridad o culpa macerados de parte y parte.
Tiene el mandato para hacerlo. Es cierto que Obama atrajo 95% de los votos de la población negra, pero esta minoría sólo representa 13% de la población norteamericana.
Triunfó también porque logró 66% del voto latino y 56% de los blancos. Es decir, una importante mayoría de todas las etnias y clases se conectó con su mensaje que tocó el nervio de la razón de ser de Estados Unidos: una alianza tras ideales mucho más grandes que la suma de sus partes. Por eso muchos vibraron con esperanza al escuchar su leitmotiv: “Estos no son los estados rojos, ni los estados azules, ni los estados negros, ni los blancos, estos son los Estados Unidos de América”. Sí, con este mantra, Obama tiene la oportunidad de golpear dos pájaros de un tiro: el racismo blanco y el tabú de la minoría negra que culpa a ese racismo de todos sus problemas.
Segundo, el resultado de estas elecciones refleja lo importante que es para el pueblo americano recobrar su prestigio y su liderazgo moral ante el mundo. Esa misión de hacer el bien que sentían perdida durante los ocho años de Bush, ahora podrán recuperarla.
Obama tiene una oportunidad real de hacerlo, y así los esperan entusiasmados 69% de los jóvenes que sufragaron por él al depositar sus votos por primera en la vida.
Por último, si bien en materia de política internacional no habrá cambios dramáticos, es innegable que se abrirán espacios para nuevas alianzas. Por ejemplo, Europa apoyará más cómodamente a un presidente como Obama para enfrentar a Al Qaeda o Rusia –país para el cual el triunfo de Obama es una puñalada a su discurso antiamericano– que como lo hubiera hecho con un McCain.
Estados Unidos ha vuelto a ser la promesa que era. La encarnación del sueño americano es hoy el negro, hijo de inmigrante criado en un hogar de clase media que llegó a Harvard y a la Casa Blanca. Ese es también el sueño de los marginados del mundo desde Afganistán hasta Nicaragua. Con esta elección, el antiamericanismo no desaparecerá pero tendrá dificultades para sobrevivir y, definitivamente, tendrá que cambiar su mensaje. Ojo con esto, presidente Chávez.
La noche de su triunfo, Obama se dirigió con respeto a casi la mitad del país que no votó por él. Afirmó que escuchaba su voz y les pidió que se incorporaran a la reconstrucción de la patria “bloque a bloque, ladrillo a ladrillo, mano encallecida sobre mano encallecida".
Este puede ser el comienzo de una verdadera revolución.
Publicado en el Diario El Nacional edición del día 08/11/08 página A12
El camino a la miseria
Por Ana Julia Jatar el Ago 16, 2008 | En Política, Economía, Opinión, Venezuela, Internacional | Etiquetas: bolivia, economía, españa, haití, oligarquía, opinión, pobreza, política, revolución, venezuela
La capacidad de reinventar la historia para justificar expropiaciones no tiene límites en América Latina. Ahora hay quienes nos quieren echar el cuento de que en Bolivia, hasta que llegó Evo Morales, dominaba una oligarquía blanca y de rancio abolengo que mantuvo a latigazos una gran desigualdad en lo que siempre ha sido un país rico. La trama de este cuento, diseñada a la conveniencia del actual Presidente y parecida, por cierto, a la historia oficialista en Venezuela, sugiere entonces que el mandato de Evo Morales es el de saldar esa deuda histórica expropiando a los capitalistas de su “acumulación originaria” de capital –pecado original según Marx– para que el Estado se encargue de repartir la riqueza entre la mayoría indígena excluida desde los tiempos de la colonia. Veamos por qué la realidad no calza con esta descripción.
Bolivia no es un país rico, de hecho, es más bien el país más pobre de América Latina después de Haití. Ciertamente es un país desigual, pero con índices Gini de desigualdad similares a los de Brasil o Chile, países que, por cierto, tienen un ingreso per cápita más de tres veces superior al de Bolivia. Por lo tanto, el problema de los bolivianos no es que el ingreso esté mal distribuido sino que éste apenas existe. En otras palabras, el reto no es la redistribución obligada de lo poco que hay sino la creación de un ambiente que invite a la inversión y genere más empleo y crecimiento. Sólo así tendrá éxito Evo Morales en satisfacer las legítimas aspiraciones de la población que lo apoya, sea ésta indígena o no.
Por otra parte, esa “rancia oligarquía” no ha estado en el poder ininterrumpidamente desde la colonia. En Bolivia se produjo una revolución en el año 1952 liderizada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario durante la cual se nacionalizaron las minas de estaño, cuyos activos pasaron a formar parte de la empresa del estado Corporación Minera de Bolivia. En 1953 también se realizó una agresiva reforma agraria por la cual se repartieron tierras baldías y se expropiaron fincas para repartirlas entre los campesinos del mayoritariamente indígena oeste de Bolivia. En otras palabras, este proceso revolucionario que se extendió por más de diez años, sirvió para darle un gran poder tanto a los sindicatos mineros como a los campesinos a través de distintas federaciones y grupos de presión los cuales lograron una gran influencia en la toma de decisiones del Gobierno.
El otro mito es que la región de la “media luna” –compuesta por las prefecturas de Beni, Pando, Santa Cruz y Tarija, en el este de Bolivia, y donde perdió Evo Morales de manera categórica–, está en manos de esa “rancia oligarquía". Esa zona del país estuvo deshabitada hasta que otra revolución, la tecnológica-agrícola que se inició apenas hace 20 años, permitió el desarrollo de un tipo de soya genéticamente alterada para crecer en esas tierras. En otras palabras, esa zona no estuvo poblada sino hasta épocas muy recientes, pues los indios precolombinos y los poscolombinos optaron por vivir en el altiplano, en efecto el más pobre hoy pero no por falta de expropiaciones y nacionalizaciones. Es decir, la nueva revolución boliviana pretende usar el mismo cuento para apropiarse de los frutos del esfuerzo de otros, no de los mantuanos de la colonia sino de emprendedores recientes.
Esta historia recurrente de expropiaciones está entre las cosas que han mantenido a Bolivia y a otros países de América Latina en la pobreza, pues al dedicarse a arrebatar el esfuerzo ajeno, aquellos dispuestos a esforzarse para crear riqueza y bienestar terminan haciéndolo en otras latitudes. Es por ello que en el país de Evo y en el de Chávez, muchos ciudadanos prefieren ser “explotados” en la oprobiosa España que “liberados” en su propia tierra.
Publicado en el Diario El Nacional edición del día 16/08/08 página A11
Marx, Mezerhane y Yon
Por Ana Julia Jatar el Ago 2, 2008 | En Política, Testimonios, Opinión, Venezuela, Internacional | Etiquetas: hugo chávez, marx, opinión, política, revolución, venezuela
Desde que Marx vio en la lucha de clases y en la revolución proletaria la receta que acabaría con el capitalismo y nos llevaría indefectiblemente a las bondades del socialismo, totalitarios de todos los colores han reinventado la historia para incitar esas luchas de clase y justificar los atropellos de las revoluciones. Por ejemplo, para propiciar una revolución marxista, Lenin estimuló la violencia cuando los campesinos rusos –no los trabajadores, como lo pronosticaba Marx– se sublevaron no contra la burguesía –pues Rusia era un país rural– sino contra la escasez y la miseria heredada de la Primera Guerra Mundial. Mussolini, por su parte, azuzó los odios nacionalistas reinterpretando la lucha de clases entre los países proletarios como Italia y los países explotadores. En fin, la reinvención de la historia para justificar revoluciones no tiene límites.
La historia oficial venezolana sobre esta revolución que nos ha tocado vivir no ha sido la excepción. El cuento de nuestra “lucha de clases” sobre la que se asienta esta revolución marxista es el siguiente. Una minoría blanca y excluyente explota desde la época de los mantuanos a una población mestiza hasta que llega un líder carismático de esa mayoría oprimida –Hugo Chávez– y aprovecha las tensiones sociales y raciales maceradas desde los días de la Colonia para liderar una revolución que obligue a esa élite a pagar por sus pecados históricos.
Esa historia inventada e irresponsablemente repetida por este Gobierno se tropieza con la inconveniente… realidad. Por ejemplo, este cuento ignora el hecho de que, luego de la Segunda Guerra Mundial, Venezuela se convirtió en el primer destino latinoamericano para emigrantes del sur de Europa, principalmente Italia, España y Portugal. De acuerdo con algunos estudios (Levy and Yang, 2006) Venezuela –un país de 7 millones de habitantes para la época– recibió durante 1948 y 1958 alrededor de medio millón de inmigrantes con sólo educación primaria. Esta masiva ola migratoria aumentó la proporción de extranjeros sobre la población total a 7% para 1960, muy por encima del 5,4% registrado para los Estados Unidos ese mismo año. Venezuela también ha sido la tierra de oportunidades para colombianos, ecuatorianos, dominicanos o libaneses, como mi abuelo, y judíos, como mi suegro. Por eso la “historia oficial” no contesta la siguiente pregunta: ¿Por qué vendrían a nuestro país cientos de miles de inmigrantes con poca educación si las oportunidades estaban reservadas sólo para una élite excluyente? De hecho, más del 30% de los inmigrantes europeos, al igual que los árabes y judíos, se convirtieron en empresarios y pasaron a integrar un importante segmento de la clase media venezolana. Este alto porcentaje –10 veces mayor que para empresarios del mismo nivel educativo nacidos en Venezuela– prueba, entre otras cosas, que las barreras a la entrada eran bajas y las oportunidades amplias.
Por eso en la “historia oficial” no caben los Nelson Mezerhane, hijo de libanés, hostigado por este Gobierno y que acaba de recibir el premio Empresario del Año.
Tampoco los Yon Goicochea, nieto de vascos, y quien se ganó este año el premio Milton Friedman, ni los Teodoro Petkoff, ni los Tarek William Saab, ni El Troudi, ni Giordani y, por cierto, ¿de dónde vienen los ojos azules de Mario Silva? No creo del indio Guaicaipuro. No, en esta historia ni siquiera cabe el propio Chávez, cuyos padres eran maestros gracias a la masificación de la educación y a la movilidad social empujada por la socialdemocracia. En fin, este cuento racista y clasista sobre la cual se quiere incitar a la “lucha de clases” no se la cree ni Oliver Stone.



